"Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos en derechura al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto. En una palabra, aquella época era tan parecida a la actual, que nuestras más notables autoridades insisten en que, tanto en lo que se refiere al bien como al mal, sólo es aceptable la comparación en grado superlativo".
Es muy difícil quedarse sólo con un título de la abundante bibliografía de Charles Dickens, porque a ver quién es valiente que elige entre Oliver Twist, Los papeles póstumos del Club Pickwick o David Copperfield. Junto a estos tres hay otro que suele ser incluido con frecuencia entre sus imprescindibles, que es Historia de dos ciudades. Y como no es lo mismo contarlo que vivirlo, que decían no recuerdo dónde, me lancé a por él.
Las dos ciudades a las que hace referencia su título son Londres y París, y la época es la de la revolución francesa y los años previos. El señor Jarvis Lorry, rectísimo empleado de la banca Tellson de Londres viaja a París con la joven Lucía para que ésta conozca a su padre, el doctor Manette, el cual acababa de ser liberado tras pasar muchos años encarcelado en la Bastilla y todo el mundo daba por muerto. Juntos regresan a Londres y gracias al amor que se profesan rehacen su vida en la tranquilidad de la capital inglesa. En su viaje de vuelta conocen a Carlos Darnay, al que un abogado mediocre, aficionado a la bebida y con el que guarda un gran parecido físico (Sidney Carton) salva de la condena a muerte que recaía injustamente sobre él. Este Sidney Carton estaba enamorado de Lucía, pero sabiendo que no puede competir con lo que ella siente por Carlos Darnay, se aparta no sin antes asegurar a la joven que siempre buscará el bien para ella.
Así, Lucía y Carlos se casan, tienen una hija y viven felices en el Soho hasta que estalla la revolución en París y su conciencia impulsa a Darnay a volver a Francia para socorrer a un antiguo amigo que se encuentra en apuros. Pero nada más pisar la capital gala se ve arrastrado por el caos, es encarcelado por ser un emigrado y un aristócrata (aunque hacía años que él había renegado de esa condición) y la guillotina, que trabajaba a destajo, amenaza su pescuezo.
Historia de dos ciudades tiene uno de los comienzos más brutales de la historia de la literatura y que agranda aún más su dimensión cuando regresas a él después de terminar la novela. En ella Dickens se aleja de lo que solía escribir y nos narra una historia más explícita en su violencia que, por momentos, me ha recordado a Víctor Hugo, pero también más lírica en su estilo. Me ha parecido excesivamente lenta en su presentación y nudo, pero eso queda compensado por un desenlace trepidante y con unos giros de guion que ya querría para sí cualquier serie de Netflix. También me chirría el chauvinismo que destila, ya que retrata a Londres como el paradigma del orden la paz y la riqueza en contraposición de un París sumido en la miseria, la maldad y el caos.
Y bueno. Quizá tenía el listón demasiado alto por lo que estimo a Dickens y por mucho que había oído decir de ella y, por eso, me ha decepcionado un poco. Pero, cuidado, no seré yo quien descabalgue a Historia de dos ciudades del puesto que ocupa en la zona alta de la producción dickensiana porque lo merece. Lo único que recomendaré es acercarse a ella sin prejuicios y dejando a un lado lo que esperamos de su autor.

La verdad es que no la he leído y confieso que la tengo. Anoto su lectura entre mis deberes.
ResponderEliminarSAludos.
¡Adelante con ella! Aunque, de Dickens, para mí no hay ninguno como Los papeles póstumos del Club Pickwick.
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