Cada vez que cojo un tintín de mi biblioteca me pongo sentimental. No puedo evitarlo, oye. Será por la sensación de reencuentro con viejos amigos o por el olor a papel y tinta añejos, pero el caso es que a la experiencia de disfrutar de la aventura encerrada en sus viñetas se suma el batiburrillo de recuerdos que van pidiendo paso en mi cabeza. Cuento esto porque hoy me ha dado por releer Los cigarros del faraón , mi tintín inaugural. Me lo regaló mi tío Juan cuando era yo un zagal, y conserva un más que digno estado de revista a pesar de las incontables veces que unos dedos infantiles inicialmente, maduros hoy, pasaron sus páginas. A pesar de las mudanzas que esos mismos dedos casi no alcanzan a contar, y de los avatares de la vida que transformaron a un niño de nueve años en un adulto con más primaveras de las que está dispuesto a reconocer. A mi tío Juan de aquella época lo recuerdo joven (aunque, para un niño, cualquiera con más de 25 años es ya un señor mayor. Su ...
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