Hace unas semanas me compré la última novela de Luis Landero , Coloquio de invierno , y, pese a que estoy deseando hincarle el diente, la tengo intacta en mi biblioteca. El motivo no es sólo la enorme (y creciente) pila de pendientes de la que entró a formar parte, sino que, aduciendo a una de mis muchas manías lectoras, creo que merece ser leída bajo el cobijo de una manta, con un te caliente al alcance de la mano, y no en la playa a 35 grados. Su título y su argumento así lo ameritan. Igual que sucede con la ropa, los perfumes o la comida, hay libros de verano y libros de invierno. Que del mismo modo que no te apretarías una fabada asturiana en agosto o un salmorejo en diciembre, no puedes leer a Tolstói en verano o a Blasco Ibáñez en invierno. Dickens , Chéjov , Stoker , Poe o la poesía en general (quizá exceptuando a Lorca y Juan Ramón Jiménez ) requieren de o evocan a un ambiente de recogimiento que sólo puede alcanzarse cuando fuera hace frío y nuestro sofá nos ofrece su ca...
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