No escarmiento, oiga. Si sé que cada vez que intento acometer la lectura de un relato de Lovecraft acabo sobrepasado por su característico y arcano universo plagado de entes mitológicos y constructos ontológicos sólo apto para iniciados, ¿para qué leches me empeño en seguir intentándolo? Y, cuidado, que no culpo Lovecraft. Me culpo a mí de no saber a estas alturas lo que ofrece el escritor, que puede ser oro para su legión de admiradores, pero que para mí es mirra, que será muy valiosa pero no sé qué hacer con ella.
En esta ocasión, en la trampa en la que he caído es En las montañas de la locura, relato publicado en 1936 y que es algo más extenso (por encima de las cien páginas) que la mayoría de los que salieron de la pluma de su excéntrico creador.
En él nos cuenta los avatares de una expedición científica a la Antártida de un grupo de investigadores de la ficticia Universidad de Miskatonic dirigidos por William Dyer, que actúa como narrador en primera persona con el propósito de intentar disuadir a otros colegas de que sigan sus pasos si no quieren abrir las puertas a la posible destrucción de la Humanidad. El propósito inicial de la expedición era extraer muestras de rocas y suelos profundos, para lo que cuentan con la potente máquina excavadora creada por el profesor Pabodie. Pero lo que acaban encontrando, además de desbaratar todo lo que se sabía hasta entonces de la evolución de la vida en la Tierra, provoca una tragedia y el descubrimiento de lass ruinas ancestrales de una antigua civilización allende las altas cordilleras antárticas formada por extraños seres venidos del Universo. Dyer se interna en esa ciudad y reconstruye la historia de esos individuos prejurásicos, pero también se topa en ella con el Mal.
Si te agrada toda la parafernalia esa del Necronomicón, las leyendas de Cthulhu y demás teogonía cósmica tan marca de la casa Lovecraft disfrutarás la lectura. En mi caso, sólo mi escasa propensión a dejar un libro a medias me llevó a terminarlo, así que no me atrevo a recomendarlo a todo el mundo.
Muchas veces se compara a H.P. Lovecraft con su paisano Edgar Allan Poe, pero lo cierto es que me cuesta encontrar relatos del primero que enlacen con el concepto de terror del segundo, pareciéndome Lovecraft, a diferencia de Poe, más cercano a la ciencia ficción que al suspense. Nada que objetar, por supuesto, pero no es mi estilo.

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