Nunca he entendido la fama de Julio Iglesias, quizá porque lo que me tocó conocer de su carrera fue la última etapa, esa de discos grimosos que empezó con el Bamboleiro, bamboleira. Desde ese momento comenzó una deriva de atentados musicales en los que se atrevió a maltratar a Aznavour, Gardel o The Beatles con más ahínco que Ramoncín a Nirvana o Ismael Serrano a Extremoduro. Unos discos, además, de producción horrorosa. También fue la época en la que inició su proceso de orgasmización, en el que, en lugar de cantar, parecía estar en un coito permanente consigo mismo en cada canción, sustituyendo su otrora potente y limpio chorro de voz por un balbuceo desacompasado y autoerótico.
Más allá de lo musical, como personaje tampoco me ha gustado nunca, empezando porque me repatea donde más duele que alguien que presume de españolía y que llegó a recibir muchísima pasta de instituciones públicas fijara su residencia fuera de España cual youtuber primigenio, y acabando porque siempre lo he visto moverse en la fina línea que separa la seducción del baboseo.
El caso es que lo traigo a colación por el revuelo de las últimas semanas con las denuncias por agresión sexual. Y no lo hago para juzgarlo porque ni me corresponde a mí ni sé lo que pasó. Lo cierto es que la reputación del personaje, los vídeos que están saliendo en los que se lanza a comer la boca en directo a distintas presentadoras con una fruición que dejan a Luis Rubiales como un besucón de regional preferente (nótese el símil futbolero en honor al pasado de ambos) y los intentos de defensa de algunos amigos, como el señor del Dúo Dinamico culpabilizando a las denunciantes, invita a pensar una cosa. Pero la presunción de inocencia debe prevalecer.
Lo que sí voy a juzgar es el comportamiento de los políticos en relación con el caso, y el veredicto es el de culpables del delito de vergüenza ajena. Por enésima vez, dicho sea de paso. Por un lado, un Gobierno del que hasta no hace mucho formaba parte un tal José Luis Ábalos y que ha estado tapando diversos casos de acoso sexual cometidos sistemáticamente por algunos miembros del partido, exigiendo la retirada inmediata de todos los honores públicos otorgados al cantante, así, sin esperar juicio ni nada y mezclando la dimensión artística y la personal. Qué sería de Picasso, Neruda y tantos otros ante la inquisición política actual.
Pero es que, por otro lado, tenemos a una oposición que cierra filas en torno a Julio Iglesias simplemente porque es uno de los suyos, intentando silenciar el asunto con el mismo afán con el que gritaban por los casos de acoso del partido contrario y confundiendo una vez más lo que debería ser una oposición constructiva con el populismo barriobajero que tanto gusta a la presidenta de cierta Comunidad Autónoma.
En mi opinión, la razón de todo esto es que tenemos una clase política sin clase. Advenedizos ineptos a babor y estribor que intentan camuflar su incompetencia a base de lanzarnos debates y proclamas chuscos que nos mantengan entretenidos. Trileros que nos marean con su hábil juego de manos mientras ellos se perpetúan en el trinque. Y expertos en el arte de dividir porque saben que en nuestra polarización está su jugoso sustento.
Así que, por obra y gracia de todos ellos, no me sorprenderá que la gente de izquierdas deje de escuchar a Julio Iglesias aunque hayan sido admiradores suyos de toda la vida, no vaya a ser que los tilden de fachas, del mismo modo que gentes de derechas que no han escuchado una canción del susodicho en su vida se lo pongan a todo trapo como acto de rebeldía y afirmación política. Julio Iglesias a la altura de Luis Eduardo Aute, Rosa León o Paco Ibáñez. El Gwendoline como canción protesta del cayetanismo patrio. Y lo sabes.

Comentarios
Publicar un comentario