Se lleva librando en las últimas semanas un combate en las esferas culturetas a cuenta de un ciclo de conferencias sobre la guerra civil española en el que se están sobrepasando los límites de lo intelectual para adentrarse en el peligroso campo de lo ideológico. A un lado del ring (algunos dirán que a la derecha, pero yo digo que en un lugar indefinido entre el hastío y la incorrección política) tenemos a Arturo Pérez-Reverte. Al otro lado (algunos dirán que a la izquierda, pero yo digo que en un lugar indefinido entre el postureo y la demagogia) un joven escritor tocado con boina, que ha pasado de peninsular a planetario.
Todo comenzó por la negativa de éste a participar en el mencionado ciclo ya que no quería compartir cartel con José María Aznar y Espinosa de los Monteros porque se trata, en sus palabras, de políticos que "quebraron los derechos fundamentales", que "atentan contra mi libertad de expresión" y que "defienden unos valores que no comparto y contra los que lucho". Dejando de lado la razón que pueda tener en cuanto a lo siniestro de esos individuos, no sé cómo casa esa negativa con el "tengo una ideología política, soy un animal político, pero no soy militante, siempre estoy dispuesto a escuchar al otro" que dijo este señor con anterioridad en una entrevista realizada por Sofía Puente para la la Revista Registradores de España. Lo que sí sé es que la jugada le ha salido fetén, consiguiendo una notoriedad que jamás habría tenido de haber participado en el evento y sumando puntos como referente naíf de esa pseudoizquierda infantiloide que padecemos en la actualidad (y que tanto nos duele a los que aún creemos que ser de izquierdas es otra cosa).
A partir de ese momento, las hordas mediáticas olieron sangre y se lanzaron a la yugular del coordinador del ciclo, un Pérez Reverte que tampoco es de esquivar el cuerpo a cuerpo. Que, por cierto, cuán diferente habría sido el rumbo de la Guerra Civil si los republicanos nos hubiéramos organizado entonces con el orden y la unidad con la que lo hacen actualmente en los medios las huestes rojas. Pero, volviendo a nuestro asunto, también el nombre del ciclo, La guerra que todos perdimos, es motivo de lapidacion a Reverte. Cualquiera con dos dedos de frente es capaz de entender que en una guerra, más allá de los vencedores fácticos, subyace una triple derrota colectiva. Primero, la de toda una sociedad que no ha sabido resolver de forma constructiva sus diferencias. Segundo la de las víctimas que, en muchos casos, se ven arrastradas a las trincheras por meros azares y que dejan familias desoladas. Y tercera, la de la destrucción y el retroceso social y económico subsiguiente. Por eso, no hay que ser el lápiz más afilado del estuche para comprender que, pese a que hubo unos pocos vencedores (las élites franquistas) la Guerra Civil supuso una derrota para toda España como país. El escritor de la boina dice que, si el verbo empleado hubiera sido sufrir en lugar de perder, sí que le habría parecido bien, olvidando que, hace unos meses, él mismo elogió a Julio Llamazares por abrir su libro El viaje de mi padre con la cita "A todos los que perdieron la guerra, de uno y otro bando". Otra contradicción. Cosas que suceden cuando el personaje te engulle.
Por otro lado, en uno de los epígrafes de presentación de esas jornadas se hace referencia a que la Guerra Civil fue algo inevitable, y eso ha dado pie a los detractores de Reverte para insinuar que lo que quiere decir el facha este es que era necesario o hasta deseable que se produjera para acabar con los rojos y su maldita república. Error. Confunden, no sé si por ignorancia o por mala fe el significado de inevitable y de necesario. Por ejemplo: es necesario que esta noche cene brócoli hervido. ¿Es lo que deseo? No. Lo que desearía es una buena hamburguesa chorreante de mayonesa y con extra de queso, pero las circunstancias (que, en este caso se llaman colesterol y triglicéridos) hacen inevitable la verdura. Pues eso. Cualquiera que se haya molestado en leer un poco sabe que era inevitable que acabara estallando el polvorín que llevaban años cebando unos y otros. ¿Eso es justificar un golpe militar y una guerra? Por supuesto que no.
Lo que sucede es que hacer de la ideología un fenómeno mainstream, sin unos mínimos de teorética y de sentido crítico, nos aboca de forma peligrosa bien al sectarismo, bien a la puerilidad. En la península de los discursos vacíos, esos preñados de palabras grandilocuentes pero que no dicen nada, de eslóganes de diseño y de mantras que no por más repetidos son más ciertos, conviven tontos bienintencionados empadronados en la calle de la piruleta con taimados oportunistas expertos en la pesca en aguas revueltas. Entre unos y otros están devaluando lo que significa ser de izquierdas. Y lo del ciclo revertiano no será, por desgracia, la última prueba de esa degradación del que siempre se ha preciado de ser el reservorio de la intelectualidad y de la libertad de expresión.

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