Pues Robert Langdon está de vuelta. Dan Brown nos ofrece en El último secreto una nueva aventura de su personaje fetiche, el profesor de Simbología de la Universidad de Harvard, en esta ocasión ambientada en las sugerentes calles de Praga, ciudad a la que Langdon se ha desplazado como acompañante de la profesora Katherine Solomon, con la que, después de muchos años de amistad, ha iniciado una relación.
La profesora Solomon es una destacada científica defensora de la teoría noética, que postula que la conciencia no está originada por procesos cerebrales, sino que es un aspecto fundamental que va más allá de lo orgánico. En resumen, en lugar de considerar al cerebro como el creador de la conciencia humana, lo ven como un receptor, como un aparato de radio que capta las ondas que se encuentran fluyendo por el universo y que son las auténticas creadoras de nuestro ser.
El caso que que la susodicha ha escrito un libro en el que expone todo lo que ha descubierto en ese campo tras muchos años de investigación que promete ser todo un éxito editorial y una revolución absoluta para la ciencia, pero tras una conferencia en Praga desaparece junto a su manuscrito.
Langdon se ve envuelto entonces en una trama contrarreloj en la que entra en juego una poderosa organización capaz de todo por evitar que el libro se publique. Así, en las apenas veinticuatro horas en las que trascurre la trama, tendrá que averiguar qué ha sucedido con Katherine y qué tiene de especial el manuscrito, para lo que tendrá que hacer gala de su memoria eidética y de sus dotes descifrando claves.
Estamos de acuerdo en que es fast food literario pero, como buen fast food, engancha. Sabes que lo que estás leyendo no va a trascender en la historia de la literatura ni te va a cambiar la vida, del mismo modo que sabes que un Big Mac no va a entrar nunca en ningún recetario de alta cocina, pero te sientas ante ella y la devoras a dos carrillos sin que te importe pringarte toda la cara de ketchup, disfrutando de un placer culpable porque, qué leches, una vez al año no hace daño. Pues eso es El último secreto.
Sí que es cierto que le cuesta un poco arrancar y que tiene partes un poco tediosos, con un exceso de cháchara pseudocientífica, pero el balance general es el de un thriller trepidante que, cuando coge velocidad, cumple sobradamente con la función de hacernos pasar un rato entretenido.

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