Año 1612. la joven Artemisia Gentileschi (1593-1656) vive en Roma y trabaja en el taller de pintura de su padre, el artista toscano Orazio Gentileschi. Pocos meses antes fue violada por el también pintor Agostino Tassi, y al trauma de esa vivencia tuvo que sufrir la impotencia de ver cómo su relato era puesto en duda y su agresor no era condenado. Hay quien opina que, de esa experiencia y a modo de venganza hacia los hombres, surgió su lienzo Judit decapitando a Holofernes.
La historia de Judit, que aparece en el Antiguo Testamento, comienza con los ejércitos asirios sitiando la ciudad israelí de Betulia. El general asirio Holofernes tiene la orden de acabar con sus enemigos y, a tal fin, sitió la ciudad cortando todas sus vías de abastecimiento. Pese a su resistencia, los judíos, debilitados, comienzan a plantearse la rendición, pero una viuda, Judit, idea una treta para salvar a sus convecinos y acabar con el asedio. Así, se engalanó con sus mejores galas, llamó a una de sus sirvientas y tras preparar una comida cuantiosa y de guardar un buen vino, ambas salieron de la ciudad camino del campamento enemigo. Antes de llegar , los soldados asirios las interceptaron y Judit les dijo que quería hablar con Holofernes pues sabía cómo derrotar a los judíos. Éste no sólo se alegró ante la traición de Judit, sino que también quedó prendado de su belleza. Asignó una tienda para la mujer judía y su sirvienta y la invitó a que yaciera con él por su propia voluntad. Judit accedió y, ya en su tienda, le sirvió de cenar y le incitó a ingerir una gran cantidad de vino. Holofernes, embriagado, se recostó en su lecho y, en ese momento, Judit tomó la espada del general y en dos golpes certeros seccionó su cabeza y, con ayuda de su sirvienta, la depositan en una cesta. A primera hora de la mañana, los soldados asirios se reunieron para asaltar la ciudad, pero vieron la cabeza de su general en una estaca frente de las puertas de Betulia, por lo que salieron huyendo aterrorizados.
Gentileschi recrea la acción en un espacio sobrio y en claroscuro, con un estilo que recuerda a Caravaggio. Con los ojos en blanco, el hombre se retuerce y la sangre salpica el manto sobre el que yace, lo que supone un contraste con los gestos serenos, casi profesionales, y las miradas decididas de Judit y su criada. La artista culmina su venganza retratándose a sí misma en el papel de Judit, cobrándose de esa manera una simbólica factura.
Siete años después ejecutó una nueva versión, muy similar a esta, que se conserva en la Galería Uffizi de Florencia.

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