"Los españoles prefieren seguir con sus ideologías anacrónicas, su demagogia oscurantista, su caciquismo disfrazado de democracia y su salvaje ajuste de cuentas. ¿Qué diferencia hay entre sacar en procesión la imagen del Sagrado Corazón y quemarla?"
La trayectoria literaria de Eduardo Mendoza se mueve entre las más altas cotas que alcanzó con La verdad sobre el caso Savolta o La ciudad de los prodigios y la depresión profunda de obras muy menores, cuya mención me ahorraré, pero que son impropias de alguien con su talento. Pero supongo que tendrá que comer el hombre. Por eso, abrir una novela suya es como abrir un melón: no sabes si saldrá almíbar o pepino. Y, tras catar Riña de gatos, puedo decir que no es ni una cosa ni otra.
En ella, el autor catalán, uno de los que mejor ha retratado literariamente la ciudad de Barcelona, toma el puente aéreo para situarnos en el Madrid de la primavera de 1936, justo antes del estallido de la Guerra Civil.
A ese Madrid prebélico en el que, aunque la gente trata de continuar con sus rutinas y llena los cafés, la tensión se masca en las calles, llega el inglés Anthony Whitelands. Se trata de un experto en pintura española que acepta el encargo de tasar unos cuadros que quiere poner a la venta clandestinamente su propietario con el propósito de conseguir fondos para abandonar el país antes de que todo salte por los aires. La misión parece rápida y sencilla: llegar a Madrid, tasar los cuadros y volver a Londres. Sin embargo, sin saber cómo, Whitelands acaba convirtiéndose en el punto de confluencia de todas las fuerzas que amenazan la estabilidad del país y enredándose cada vez más con la tensa situación política nacional. Así, entra en contacto con José Antonio y demás líderes falangistas y es vigilado muy de cerca tanto por la policía republicana como por la embajada británica y por peligrosos agentes comunistas. Cada torpe paso que da le hunde un poco más en las arenas movedizas que eran la España de ese tiempo, hasta llegar a un momento en el que ni siquiera volver a su país parece una opción válida.
Mendoza se alzó en 2010 con el premio Planeta con esta novela, aunque ya sabes que eso no significa gran cosa más allá del engrosamiento de la cartera del susodicho. Si en algo destaca el autor es en su habilidad para convertir a la ciudad en un protagonista más de sus novelas, y aquí lo consigue una vez más, haciéndonos sentir el Madrid de la época como si estuviéramos ahí y su frío calara nuestros huesos. También acierta en la creación de su personaje principal, un antihéroe borrachín, putero y egoísta pero que, pese a todo, se hace de querer. Y, por supuesto, encontraremos también el característico humor irónico mendociano, que hace bonito casi donde se le ponga. Pero todo eso no es suficiente para sostener una novela entretenida sólo por momentos y que parece escrita de un modo excesivamente funcionarial, como si le faltase alma.

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