"Admiraba el mar sólo por sus tempestades, y el verdor únicamente cuando se ostentaba entre ruinas"
No voy a venir yo aquí ahora a descubrir a Madame Bovary, uno de los clásicos de la literatura universal. Fíjate si ha tenido trascendencia la creación de Gustave Flaubert que hasta ha dado pie al término bovarismo, que en psicología hace referencia a la necesidad irrefrenable que sienten algunas personas de vivir otra vida bajo la creencia de que será mucho mejor de la que tienen. Esta necesidad va acompañada de una idealización propia y de todo lo ajeno a nuestra cotidianeidad y de un descontento con nuestra vida presente. Sería algo así como una forma ultrapatológica del hedonismo. Y así es como actúa Emma Bovary, la protagonista de la novela.
Casada con un mediocre médico rural y sepultada en un pueblo de la Francia profunda, Emma no es feliz en su matrimonio, en parte, como versión femenina de Alonso Quijano, por la fantasía que las novelas románticas leídas en su adolescencia han metido en su cabeza. Lejos de resignarse a la vida sosegada y sin complicaciones que le ofrecía su esposo Carlos, se lanza a los brazos de otros buscando saciar en ellos sus deseos de lujuria y pasión, pero al final ese desenfreno acaba pasándole factura, nunca mejor dicho. Y es que las deudas acumuladas para costear ese modo de vida y los caprichos que su ego considera que se merece acaban arruinándola a ella y arrastrando a su ignorante esposo. En su desesperación busca el auxilio de los amantes, pero los que antes la recibían con los brazos abiertos con la perspectiva de abrirla de piernas, ahora se desentienden del asunto. De este modo, Emma toma una trágica decisión.
Mario Vargas Llosa mostró su fascinación por esta novela, a la que dedicó su ensayo La orgía perpetua. "Hacía años que ninguna novela vampirizaba tan rápidamente mi atención, abolía así el contorno físico y me sumergía tan hondo en su materia", diría en él el premio Nobel, y su admiración va más allá al considerar a Flaubert como el fundador de la novela moderna. Y lo cierto es que Flaubert nos ofrece un texto audaz, muy atrevido para su tiempo sobre todo en lo que a los escarceos sexuales de la Bovary se refiere. Su prosa es densa, prolija en descripciones que llegan a exasperar por momentos por su minuciosidad, pero también es cierto que, gracias a ese nivel de detalle, consigue introducirnos en todas las facetas de la historia y nos hace sentir como si estuviéramos dentro de la trama, como si fuéramos unos vecinos más de Yonville. Por cierto, Yonville no existe en realidad, pero se piensa que Flaubert se inspiró en la localidad normanda de Ry, donde han aprovechado la coyuntura para sacar rendimiento turístico al asunto.
Volviendo a lo nuestro, es admirable el trabajo que hace Flaubert para dotar a cada personaje de un profundo perfil psicológico. Así, tenemos al pusilánime Carlos, a la melíflua sanguijuela Lhereux, al dandi de pacotilla Rodolfo, al charlatán bonachón Homais y por supuesto, a la bovarista Bovary.
No es una lectura sencilla, pero una vez que se le coge el tono al estilo de Flaubert se disfruta mucho, aunque quizá disfrutar no sea la palabra más adecuada porque, más que disfrutarla, es una novela que se sufre viendo la espiral destructiva en la que entra Emma y el comportamiento del resto de personajes, un grupo de seres, todos ellos, con los que resulta difícil simpatizar.

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