Lecturas de verano, lecturas de invierno

Hace unas semanas me compré la última novela de Luis Landero, Coloquio de invierno, y, pese a que estoy deseando hincarle el diente, la tengo intacta en mi biblioteca. El motivo no es sólo la enorme (y creciente) pila de pendientes de la que entró a formar parte, sino que, aduciendo a una de mis muchas manías lectoras, creo que merece ser leída bajo el cobijo de una manta, con un te caliente al alcance de la mano, y no en la playa a 35 grados. Su título y su argumento así lo ameritan. 

Igual que sucede con la ropa, los perfumes o la comida, hay libros de verano y libros de invierno. Que del mismo modo que no te apretarías una fabada asturiana en agosto o un salmorejo en diciembre, no puedes leer a Tolstói en verano o a Blasco Ibáñez en invierno. Dickens, Chéjov, Stoker, Poe o la poesía en general (quizá exceptuando a Lorca y Juan Ramón Jiménez) requieren de o evocan a un ambiente de recogimiento que sólo puede alcanzarse cuando fuera hace frío y nuestro sofá nos ofrece su calor protector. También ese es el momento de leer obras que requieran un mayor nivel de atención, algo difícil de lograr cuando estás en la playa pendiente de la cerveza, de que los niños que pasan corriendo a tu lado no espolvoreen con arena los siete aperitivos que has desplegado ante ti o del altavoz reguetonero de tu vecino de toalla. Y el de el terror en general y el gótico en particular, para el que son fundamentales manta, penumbra y una buena tormenta. 

 


Entonces, ¿qué queda para el verano? Pues lecturas más fresquitas, bestsellers que no requieran de un exigente nivel atenciónal, que te permitan levantar la cabeza para gritarle a tu Kevin que salga del agua para merendar o a tu José Luis que deje de correr entre la gente porque les espolvorea con arena los siete aperitivos que se han preparado y puedas luego volver al libro sin riesgo a perder el hilo. Otras que son ideales son las novelas de aventuras, y si son de ambiente marinero, con olor a salitre y sonido de viento entre las velas, mucho mejor.

Si hablamos de autores, los Pérez (Reverte y Galdós), Verne, Pedro Antonio de Alarcón, Mikel Santiago, Hemingway o Camus, que compensa su profundidad con la torridez argelina que me sugiere, son de mis favoritos estivales. Si de títulos, Robinson Crusoe, Cuentos de la Alhambra o La isla del tesoro caen todos los años. Porque también creo que el verano es el tiempo de las relecturas, de volver a degustar con relajo veraniego aquellos libros que recuerdas con buen sabor de boca o esos a los que crees que no sacaste en su momento todo el jugo. 

Por supuesto, esta no es una regla escrita con sangre y a veces me hago trampas a mí mismo saltándomela audazmente. Lo importante es leer, cuando sea y (casi) lo que sea, pero sí es cierto que procuro seguirla en la medida de lo posible, y por eso el bueno de Landero se quedará esperando tiempos más propicios.

Comentarios