Los cigarros del faraón (Hergé)



Cada vez que cojo un tintín de mi biblioteca me pongo sentimental. No puedo evitarlo, oye. Será por la sensación de reencuentro con viejos amigos o por el olor a papel y tinta añejos, pero el caso es que a la experiencia de disfrutar de la aventura encerrada en sus viñetas se suma el batiburrillo de recuerdos que van pidiendo paso en mi cabeza. Cuento esto porque hoy me ha dado por releer Los cigarros del faraón, mi tintín inaugural. Me lo regaló mi tío Juan cuando era yo un zagal, y conserva un más que digno estado de revista a pesar de las incontables veces que unos dedos infantiles inicialmente, maduros hoy, pasaron sus páginas. A pesar de las mudanzas que esos mismos dedos casi no alcanzan a contar, y de los avatares de la vida que transformaron a un niño de nueve años en un adulto con más primaveras de las que está dispuesto a reconocer. 
 
A mi tío Juan de aquella época lo recuerdo joven (aunque, para un niño, cualquiera con más de 25 años es ya un señor mayor. Su juventud la comprendí después), barbudo y siempre risueño. Fue el primer universitario de la familia, tenía un estudio fotográfico en casa, tocaba la guitarra, pintaba y, además, andaba con unos 2 CV amarillo, lo que sumaba puntos en su aura progre, cuando ser progre era sinónimo de intelectualidad, cultura y esperanza, una etiqueta elogiosa y respetable. Aunque nunca se lo haya dicho porque soy así para mis cosas, le aprecio mucho y no sólo por haberme inoculado el virus tintinófilo, sino también porque, conforme va pasando el tiempo, me identifico más con lo que recuerdo de él. Dudo que estas líneas le lleguen alguna vez, pero que sirvan como descargo a mi conciencia por las palabras que nunca dije y vuelvo a Los cigarros del faraón.

Estamos ante la cuarta aventura de Tintín, sale a la luz por entregas entre 1932 y 1934, y marca un punto de inflexión en la carrera de Hergé ya que es el primero con una trama de misterio que algunos ven como precursora de las películas de Indiana Jones, si bien Steven Spielberg afirmó que "No conocía nada de Tintín hasta el día en el que, en 1981, leí las críticas de Indiana Jones y el arca perdida con Harrison Ford, que comparaban a mi película con un tal Tintín...". También es el primer álbum en el que aparecen Hernández y Fernández, dos agentes de policía más bien torpes que, a partir de ese momento, se convertirán en compañeros habituales del reportero más dicharachero de Bélgica.

La historia comienza con Tintín disfrutando de un crucero que, siguiendo la costa de Oriente, tiene como destino Shanghái. En ese crucero conoce al egiptólogo Filemón Ciclón, que afirma conocer el emplazamiento de la tumba del faraón Kih-Oskh. Nuestro amigo no deja pasar la oportunidad de acompañar al profesor en esa aventura y , en las proximidades de la tumba, halla un cigarro en cuya vitola aparece el mismo emblema que figuraba en el mapa del egiptólogo como símbolo del faraón. Esto le llevará a mezclarse en una trama con traficantes de drogas en la que su propia vida correrá peligro.

En 1922 Howard Carter descubrió la tumba de Tutankamón, y a principios de los años 30 comenzó a hablarse de la maldición que cayó sobre todos los que tuvieron que ver con ese hallazgo, por lo que es probable de Hergé, siempre muy pendiente de la actualidad para la confección de sus guiones, tuviera presente este punto cuando se introdujo en la creación de Los cigarros del faraón. Se trata, por otra parte, de la primera trama tintinesca dividida en dos álbumes ya que, aunque se pueden leer de forma independiente, forma en díptico con El loto azul, el cual comienza donde acaba aquel: en el palacio del Maharadjah de Rawhajpurtalah.

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Fuentes

- Ana Teruel (04/12/2009): Spielberg revela los secretos de su trilogía sobre Tintín. El País 

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