Tintín en el país de los soviets (Hergé)


El 10 de enero de 1929 nace Tintín. Poco podía imaginar entonces un joven estudiante de bellas artes de apenas 22 años y cuya intención era dedicarse al mundo publicitario, llamado Georges Remi, que acababa de crear no sólo un personaje de cómic, sino uno de los iconos culturales más reconocibles del siglo XX. Su alumbramiento tuvo lugar en las páginas del Petit Vingtième, suplemento juvenil del periódico belga Vingtième Siècle, y lo cierto es que no fue una idea original de Remi (que pasaría a la historia como Hergé), sino un encargo de su director, el abate Wallez, un anticomunista empedernido que quería aleccionar al público más joven sobre las maldades de los bolcheviques y el peligro del comunismo. Y, ¿qué mejor que mandar a un reportero para que investigara de primera mano lo que sucedía en la Unión Soviética? 

Así, durante todo el álbum asistimos a las mil peripecias de Tintín y Milú para llegar a la Unión Soviética y realizar su investigación sorteando las trampas de los agentes comunistas, empeñados en evitar que en occidente supieran la realidad de su aparentemente idílico régimen, una realidad de fábricas de cartón piedra, niños mendicantes, hambruna y elecciones amañadas. No vamos aquí a defender el estalinismo porque es de todo punto indefendible, y más hoy que sabemos de forma fehaciente sus purgas de disidentes reales o imaginarios, antiguos colaboradores y de todo aquel que no apoyara la Revolución, pero el tufo propagandístico que desprende Tintín en el país de los soviets es demasié pal body, que se decía en mi época. 

Se trata de un cómic que poco tiene que ver con los siguientes de Tintín. Más que ante una aventura estamos ante una sucesión de gags y situaciones de los que el protagonista sale airoso gracias a su ingenio, a ardides más o menos verosímiles y, en muchas ocasiones, a un Milú más protagonista que nunca. Todo ello le confiere un gran dinamismo, aunque roza en ocasiones un infantilismo (no olvidemos que estaba destinado a los lectores más jóvenes) no reñido, sin embargo, con su su marcada intención política. Tampoco hace gala Hergé aquí de una documentación rigurosa ni se preocupa de reflejar los escenarios con la calidad con que lo haría en álbumes posteriores, en especial a partir de El Loto Azul. De hecho, si sabemos que Tintín está en Berlín o en Moscú es porque nos lo dice él, no porque identifiquemos en las viñetas ningún rasgo reconocible de esas ciudades, pero tampoco era esa la intención del dibujante. Todo su interés está en la acción y el mensaje; lo demás es intrascendente.

Según dice Rafael Narbona, escritor, tintinófilo y autor del libro Retrato del reportero adolescente en el pódcast de RNE Mil millones de naufragios, el lector de Tintín en su tiempo "era un público infantil. O sea, no era un público adulto. Y yo creo que la mayoría de los niños lo que querían era ver aventuras. Lo que pasa es que Hergé siempre fue un poco más allá y le tomó el pulso a la actualidad [...]. Había un propósito de adoctrinamiento, pero yo creo que en los lectores, que eran fundamentalmente chavales de 8 ó 10 ó 12 años, lo que querían era saber cómo se libraba Tintín de las persecuciones, de los encarcelamientos, de los intentos de asesinato. No lo seguían por razones políticas ni ideológicas."

Tintín en el país de los soviets hay que leerlo como lo que es: un ejercicio de arqueología tintinesca para los muy cafeteros, ya que está a años luz de lo que acabará siendo el universo Hergé, tanto formal como  argumentalmente. Es más un álbum de iniciación que está muy lejos de la madurez creativa de obras posteriores. Tintín. Por supuesto, no veremos al capitán Haddock, a Hernández y Fernández ni a ningún otro de la cuadrilla, pero lo que sí está ya presente es lo esencial: el aura aventurera que destilan sus páginas aunque sea, como en esta ocasión, en blanco y negro. Porque es el único álbum que Hergé se negó a rediseñar y colorear.

Entradas relacionadas 

Comentarios