"Un adversario os respeta, aunque os mate por la espalda. Los enemigos son otra cosa... Un enemigo os detesta, aunque os halague y abrace."
Después de sus aventuras en Flandes y por tierras andaluzas, Diego Alatriste vuelve a la Villa y corte en la quinta entrega de la saga, El caballero del jubón amarillo, publicada por Alfaguara en 2003.
La novela comienza con Alatriste dirigiéndose al corral de la Cruz, en el que, con gran expectación, se estrena la obra de Tirso de Molina La huerta de Juan Fernández. Este inicio ya nos deja entrever el importante peso que tendrá a lo largo de todo el libro la literatura en general y, particularmente, el teatro, una de las mayores (si no la mayor) distracciones de las gentes de la época, tanto de la realeza como de las clases más bajas. Así, visitaremos al mismísimo Lope de Vega en su casa y Calderón de la Barca vuelve a hacer un cameo después del que tuvo en El sol de Breda, donde le conocimos salvando libros de una biblioteca en llamas.
Pero no sólo por Tirso, Lope y Calderón es por lo que la dramaturgia es capital en esta novela, sino también porque conoceremos a la compañía de Rafael de Cózar, célebre actor casado con la no menos célebre María de Castro, gran actriz sobre las tablas y meretriz de lujo, con el beneplácito de su esposo, al bajar de ellas. Es habitual que Arturo Pérez-Reverte utilice nombres de personajes reales en sus novelas, bien para homenajear a amigos, bien para ajustar cuentas con enemigos y, en esta ocasión , con Rafael de Cózar realiza un guiño al escritor homónimo, gran amigo de Reverte. Curiosamente, De Cózar falleció unos años después, cuando se le incendió su domicilio y él intentaba salvar su biblioteca con menos fortuna que la de Calderón en Flandes. "En veinticinco años de amistad jamas lo vi malhumoredo, ni lo hoy hablar mal de nadie. Nunca tuvo un enemigo. No conocía la maldad, ni la envidia, ni la deslealtad", diría el escritor cartagenero de él más tarde.
El caso es que, volviendo a la novela, a la Castro le gusta Alatriste y le ofrece gratis lo que a otros les cuesta una fortuna. Y que Alatriste pierde la cabeza por la Castro hasta el punto de que, por primera vez, le vemos perder su aplomo y enfrentarse a sus amigos. Esto es llamativo porque uno de los rasgos que caracterizan a Diego Alatriste es la lealtad que guarda siempre a los suyos, pero, amigo, el que no haya hecho tonterías por una mujer (o por un hombre, o por lo que le guste a cada cual) que tire la primera piedra. Nuestro protagonista desoye las recomendaciones de Quevedo y acaba enfrentado a Guadalmedina y a su viejo camarada Martín Saldaña por seguir visitando a María de Castro. El problema es que su cama también tenía un ilustre visitante, nada menos que Felipe IV (que, si hubiera mostrado tanto interés en asuntos de trono como de faldas qué distinta habría sido la historia de España, dicho sea de paso).
Esta confluencia de intereses entre el capitán Alatriste y el pichabrava Felipe pondrá al primero en el centro de una conspiración para acabar con el segundo en la que están implicados, cómo no, el siniestro fray Emilio Bocanegra y Gualterio Malatesta.
Si algo he criticado en las anteriores entregas de la saga es lo que dilata Reverte la llegada de la acción, supeditando ésta al retrato histórico y social de la época, lo que provocaba que llegara a desesperar un poco la lentitud del relato. Sin embargo, en El caballero del jubón amarillo consigue integrar acción y divulgación magistralmente ofreciéndonos, en mi opinión, la mejor novela de la serie hasta el momento. A esa agilidad contribuye también un recurso novedoso, como es el dividir la acción en dos tramas, la de Íñigo y la de Diego, que suceden de forma simultánea hasta confluir en el trepidante desenlace. De este modo, pese a ser el libro más extenso de los cinco, se hace corto y te deja con ganas de más. Por suerte no tenemos que esperar a que Reverte escriba el próximo, sino que basta con acercarse a la estantería y echar mano del sexto volumen: Corsarios de Levante. ¿Me acompañas?

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