El francés Gaston Leroux (1868-1927) comenzó su carrera como periodista antes de lanzarse a la literatura y, aunque en su momento gozó de cierta fama como escritor de novelas detectivescas, ha pasado a la posteridad gracias a El fantasma de la ópera, obra que publicó en 1910 y en la que consiguió aunar con gran maestría el humor, el suspense, el romance y la aventura.
En ella nos presenta a un personaje inmortal: Erik. Se trata de un individuo tan inteligente y talentoso como horriblemente deformado que, tras recorrer medio mundo encuentra cobijo en los sótanos del edificio de la Ópera de París, donde, al menos, puede satisfacer su pasión por la música. Ahí se enamora de la joven cantante Christine Daaé, y se aprovecha de su inocencia y credulidad para hacerse pasar por el Ángel de la Música y darle lecciones de canto en secreto, siempre oculto tras una pared o tapando su deforme cara con una máscara. El problema es que la Daaé está enamorada del vizconde Raoul de Chagny, al que conoce desde la infancia, lo que desata los celos de Erik.
La genialidad de la novela reside, en mi opinión, en el poderío de su protagonista, un individuo que mueve más a la compasión que al odio a pesar de que vemos, desde el primer momento, hasta dónde es capaz de llegar con su maldad. Leroux consigue hacernos empatizar con él incluso cuando asistimos a sus momentos de mayor violencia, y el final nos confirma que es el determinismo social el que convirtió en malvado a un ser dotado de las mayores virtudes.
Ya en 1916 la novela fue adaptada al cine, aunque esa cinta está desaparecida. La primera que se conserva es la que dirigió Rupert Julian en 1925. También ha sido llevada a las tablas en forma de ballet y, desde 1986, de musical, lo que es una clara muestra de que estamos ante una historia atemporal, no tanto por la trama en sí como por la fuerza de su protagonista.
He leído la edición de Austral, con traducción de Mauro Armiño.

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