Limpieza de sangre (Arturo Pérez-Reverte)

 

"En la vida lo malo no es conocer, sino mostrar que se conoce. Tan peligroso resulta ser poco discreto revelando que uno sabe de más, como caer en la simpleza de saber de menos" 

Limpieza de sangre, publicada en 1997, es la segunda entrega de las aventuras del capitán Alatriste, de cuya primera parte hablamos aquí.  En esta ocasión, el antiguo soldado de los tercios de Flandes tiene que recurrir a las más altas esferas del poder para salvar la vida del joven Íñigo Balboa que, como sabrás si leíste la primera parte, es el hijo de un antiguo camarada que quedó a su cargo tras la muerte de éste.

La historia comienza con el hallazgo de una mujer muerta en el interior de un carruaje, hecho que tendrá su importancia más adelante, pero que en ese momento queda empañado porque coincide con la celebración de una corrida de toros en la plaza Mayor. A ella asiste, como casi todo el pueblo madrileño rey incluido, el capitán Alatriste que, al salir del espectáculo se encuentra con su amigo Francisco de Quevedo, que le emplaza para hablar de una misión para la que necesitará la ayuda del espadachín. Ésta consiste en rescatar a una joven novicia del convento en el que se halla recluida, establecimiento en el que el padre Coroado ejerce como respetado religioso de puertas afuera y de vicioso abusador de monjas de puertas para adentro. Si ya de por sí profanar un edificio sagrado era un delito gravísimo en la época de Felipe IV que suponía enfrentarse a la temible Inquisición, sumémosle que la novicia pertenece a una familia de judíos conversos, lo que pondría a todos los que osaran participar en la misión de patitas en la hoguera caso de ser pescados. Alatriste se encuentra a punto de regresar con su tercio a Flandes, pero la amistad que le une a Quevedo le hace imposible eludir una misión que, finalmente, resulta ser una trampa en la que caen como pardillos.

No voy a insistir en el brillante trabajo de documentación que realiza Arturo Pérez-Reverte, que hace que uno se sienta en las calles del Madrid del siglo XVII, ni en el lúcido retrato que hace de la sociedad de ese tiempo y que se encarga de ir perfilándonos entre aventura y aventura. En este caso se centra en la hipocresía de una época, en realidad no tan distinta de la nuestra, en la que los conversos estaban mal vistos a no ser que tuvieran el suficiente dinero como para comprarse un linaje limpio. Seguro que no necesitas esforzarte mucho para encontrar paralelismos a esto en nuestro siglo XXI, como tampoco a la sordidez que emana de algunos individuos del estamento clerical con la diferencia, en eso sí que hemos avanzado (por fortuna), de que ahora no tienen el poder ni la impunidad de antaño.

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