El oro del rey (Arturo Pérez-Reverte)

 

"Con el paso de los años también yo aprendí que la lucidez se paga con la desesperanza"

Sigo con la relectura de las aventuras del capitán Alatriste, proyecto que comencé para refrescar mi ictiológica memoria antes de leer Misión en París y, en esta ocasión llegamos a El oro del rey, cuarta entrega de la serie. 

En la novela anterior de la saga dejamos a Alatriste batiéndose el cobre en Flandes, luchando por su rey como si éste lo mereciera y viendo caer a amigos y compañeros en defensa de unos palmos de terreno pantanoso y de un trozo de tela. Ahora su tercio (o lo que queda de él) vuelve con licencia a España, pero pisar de nuevo suelo católico y salirle al paso una nueva misión es todo uno, de nuevo con Francisco de Quevedo como "celestino". 

Sevilla era en aquellos tiempos una de las ciudades más grandes de Europa. A la sombra de las riquezas que llegaban desde el Nuevo Mundo remontando el Guadalquivir se cobijaban hombres de negocios provenientes de toda Europa, pero también el lumpen más florido del país, dispuestos unos y otros (cada cual a su manera) a pescar en ese mar de oro todas las piezas que se pusieran al alcance. A esta urbe recala Diego Alatriste, y ahí recibe el encargo de abordar un galeón de la recién llegada flota de Indias que se sabe que transporta oro de contrabando. 

Para ello debe, en primer lugar, reclutar a los hombres que le acompañarán en la misión junto a su compañero de armas Sebastián Copons (al que conocimos en la aventura anterior), lo que da lugar a que nos introduzcamos en los bajos fondos sevillanos y nos topemos con lo peor de la canalla local. Pérez-Reverte bebe aquí de la tradición de la novela picaresca española, ofreciéndonos en el pasaje dedicado al velatorio por Nicasio Ganzúa en la Cárcel Real o en su visita al corral de los Naranjos de la Catedral de Sevilla (donde se acogían a sagrado algunos de los mejores elementos de la ciudad) unos episodios a la altura argumental y estilística de Cervantes o Quevedo

Si pongo alguna objeción a la novela es que la acción propiamente dicha no llega hasta la página 180 (el libro tiene 267). Es entonces cuando la pintoresca tropa del capitán Alatriste, entre la que destaca la presencia del esmirriado funcionario Olmedilla, que se me antoja un homenaje del autor a los pocos hombres honrados que anteponían el deber y la legalidad entre la corrupción imperante en la España del XVII, inicia su misión. En un principio se suponía que el galeón iba a estar custodiado por unos cuantos marineros neerlandeses que no opondrían demasiada resistencia, pero la presencia en él de españoles con aspecto de soldados veteranos sorprende a los asaltantes, les complica la aventura y plantea varias incógnitas.

Por supuesto, Íñigo Balboa acompaña a su amo, un Íñigo cuya experiencia en Flandes le ha hecho madurar de forma considerable y, a sus 16 años, es ya un espadachín que promete estar a la altura del capitán. Su dosis de protagonismo en la novela viene dada por la presencia en Sevilla de su amor, Angélica de Alquézar que, como menina de la Corte, acompaña a los reyes, que se han desplazado al Alcázar de Sevilla para presenciar la llegada a la ciudad de la flota de Indias. Y el bueno de Íñigo vuelve a demostrar que no hay hombre más tonto que el hombre enamorado, y una vez más cae en la trampa que le tiende la pérfida Angélica. También está en Sevilla Gualterio Malatesta lo que, además de añadir un punto más de intriga, siempre sube el nivel de la trama.

Entradas relacionadas 

Comentarios