El sol de Breda (Arturo Pérez-Reverte)


 "Ese era el lugar que el Destino le asignaba sobre la tierra y nada de lo que pudiera pensar o sentir iba a cambiarlo"

 En esta tercera entrega de las aventuras del capitán Alatriste (ya hablamos aquí de la primera y de la segunda), publicada en 1998 con el título de El sol de Breda, encontramos al susodicho haciendo, por fin, lo que se espera de un soldado: ganarse el jornal en el campo de batalla. Aunque lo de cobrarlo, según cómo y cuándo, porque nunca destacaron los reyes españoles por su generosidad hacia quienes, aun siendo meros peones, eran el auténtico sustento de la grandeza de un imperio al que la costuras comenzaban a descomponérsele, si es que alguna vez pasaron de vistoso hilván.

Así, Diego Alatriste, reincorporado al Tercio Viejo de Cartagena, cambia los no menos peligrosos callejones de la capital del Imperio por la humedad, el frío y la niebla de Flandes y, junto con sus viejos camaradas, participa en los acontecimientos que acabaron con el asedio y la rendición de la ciudad de Breda, conseguida no sin pocas penurias por parte de la soldadesca y a mayor gloria de los de arriba, tal como años después se encargaría de inmortalizar Diego de Velázquez, para el que incluso los cuartos traseros de un caballo tienen más protagonismo que los auténticos héroes, esos que lo hicieron posible aun con hambre y vestidos de harapos. Precisamente Arturo Pérez-Reverte cierra la novela con un interesante capítulo final en el que Íñigo Balboa visita al pintor sevillano en su taller años después mientras éste pinta su inmortal lienzo.

Si en las entregas anteriores Pérez-Reverte nos narra las pocas grandezas y muchas miserias de la vida en Madrid, en esta ocasión nos introduce con eficacia en el meollo de la guerra, con su olor a pólvora, sudor y sangre suspendido entre el gris denso del cielo flamenco y sus interminables canales y diques. En ese escenario asistimos al heroísmo, pero no al de galones y chorreras relucientes, sino el de unos hombres que confían todo a su honor, que matan y se dejan matar porque es lo que toca, sin hacer de ello un drama. Marcas de la casa revertiana son el agridulce sabor de una victoria conseguida a partir de múltiples derrotas individuales, el hecho de que ser bueno o malo depende más de un simple azar que de decisiones propias y el escepticismo por saber que, en España, el pueblo siempre ha estado (y, alerta, spoiler, estará) muy por encima de sus gobernantes.

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