A Ramón J. Sender suelo equipararlo con Vicente Blasco Ibáñez o Pío Baroja, en el sentido de que ninguno de los tres fue un portento técnico pero todos poseían el don innato de saber contar historias. También como el valenciano y el vasco, Sender duerme hoy el sueño de los escritores olvidados, aunque en su caso se me antoja especialmente injusto este olvido, y libros como Réquiem por un campesino español, Viaje a la aldea del crimen o la que nos ocupa hoy, La aventura equinoccial de Lope de Aguirre, mantienen, narrativa y temáticamente en perfecta forma en peno siglo XXI.
Era habitual que el autor oscense partiera de hechos históricos concretos, a los que luego añadía en mayor o menor dosis la correspondiente sazón novelesca, para situar sus tramas, y en esta ocasión viaja al siglo XVI, en el que miles de buscavidas fueron a América para tratar de hacer fortuna atraídos por historias como la de Eldorado. En busca de ese legendario lugar partió una expedición que recibió el nombre de los Marañones, de la cual formó parte el protagonista de la novela: Lope de Aguirre.
Era Lope de Aguirre un guipuzcoano que abandonó su tierra para ganarse la vida, aprendiendo en Sevilla el arte de la doma de caballos y partiendo en 1534 en una flota que zarpa rumbo a América. Allí se enrola como soldado en los ejércitos reales, y muy pronto destaca por su carácter taimado y sanguinario, dado a participar en conjuras y enredarse en conspiraciones.
En 1559 Andrés Hurtado de Mendoza, virrey del Perú, quiere encontrar Eldorado y organiza la enésima expedición en su busca. En esta se integran trescientos oficiales y soldados españoles, muchos de ellos con fama de pendencieros y violentos, acompañados de cientos de indios. Durante un año de llevan a cabo los preparativos de esta aventura y, el 26 de septiembre de 1560 parten tres bergantines. Aquí es donde comienza la novela de Ramón J. Sender.
Al frente de la expedición se encuentra Pedro de Ursúa, un hombre experimentado pero de carácter distímico que sólo muestra interés por su amante mestiza, Inés de Atienza, una bella joven que comete el error de acompañar a su amado en esta aventura que, ya desde la primera semana, se intuye que no va a acabar bien. Pedro de Ursúa se desentiende del gobierno, ante la preocupación de sus oficiales más próximos, cocinándose así un puchero en el que Lope de Aguirre, por supuesto, no duda en meter su cuchara. De tal modo, tras algún amago de sedición y las primeras ejecuciones de rebeldes, nuestro hombre participa en el derrocamiento y el asesinato de Ursúa y la proclamación como nuevo líder de Fernando de Guzmán.
Éste cumple a la perfección el papel de marioneta manejada por Aguirre, y los expedicionarios prosiguen su marcha hasta llegar al Amazonas, con unos bergantines cada vez en peor estado y el número de soldados disminuyendo paulatinamente, en buena parte a causa de las ejecuciones que ordena propio Aguirre , que comienza a ver peligros y conspiraciones por todas partes, y también por las enfermedades tropicales. Cada vez más enloquecido, sus delirios que llegan al punto de enviar una carta a Felipe II informándole de que los expedicionarios declaraban su ruptura con la Corona de España y él se autoproclamaba Príncipe de la Libertad.
Sin embargo, sus correligionarios van abandonándole, y los pocos adeptos que le quedan acaban acogiéndose a un edicto real decretando que todo el que desistiera de la rebelión sería indultado, de modo que se queda solo con su hija Elvira. Se sabe perdido, pero aún tiene tiempo para cometer su última atrocidad: cose a puñaladas a su propia hija, apenas una adolescente, aduciendo que no iba a permitir que sirviera de lecho para unos bellacos. Acto seguido dos de sus antiguos camaradas apuntan con sus arcabuces al loco, que les mira desafiante y, al segundo disparo, consiguen abatirlo.
Esto es lo que narra Ramón J. Sender en La aventura equinoccial de Lope de Aguirre, y si me he saltado mi estricta norma de cero spoiler es porque se trata de un hecho real que denota, una vez más, cómo ésta supera con frecuencia a la ficción salida del más imaginativo magín. El autor no precisa de un exceso de aditivos porque la aventura es de por sí sobradamente novelesca, pero eso no le quita mérito a su pluma, ya que consigue no sólo dotarla de agilidad, sino rodearla de una atmósfera que nos sumerge en la humedad y el calor de la selva amazónica tanto como en el miedo y la indefensión que sentirían los pobres desgraciados que tuvieran de compañero a semejante personaje.

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