Cada persona que lee un poema le pone su propia voz, lo hace suyo en el momento en el que recita, aunque sea para sí mismo lo que alguien escribió hace años. Pero tener la ocasión de escuchar al autor declamando su propia obra es un placer doble al que no siempre se puede acceder. Por ejemplo, en el caso de Miguel Hernández (unos de mis poetas de referencia, dicho sea de paso), sólo existe una grabación con su voz, la que realizó Alejo Carpentier en París en 1937, cuando el poeta oriolano iba camino de Moscú como miembro de la delegación cultural que el legítimo gobierno de la República envió para asistir al V Festival de Teatro Soviético. El poema elegido fue Canción del esposo soldado, poema que dedicó a Josefina Manresa, su mujer, y muy apropiado dadas las circunstancias. Es la única grabación que se conserva en la que podemos escuchar su voz. Si visitas la Casa-Museo de Miguel Hernández en Orihuela puedes oírla en un ambiente que aún le otorga mayor peso pero, gracias a la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, también la puedes emocionarte con ella en tu propia casa. Aquí la tienes:
He poblado tu vientre de amor y sementera,
he prolongado el eco de sangre a que respondo,
y espero sobre el surco como el arado espera:
he llegado hasta el fondo.
Morena de altas torres, alta luz y ojos altos.
Espejo de mi carne, sustento de mis alas,
tus pechos locos crecen hacia mí dando saltos
de cierva concebida.
Ya me parece que eres un cristal delicado;
temo que te me rompas al más leve tropiezo,
y a reforzar tus venas con mi piel de soldado
fuera como el cerezo.
Espejo de mi carne, sustento de mis alas,
te doy vida en la muerte que me dan y no tomo.
Mujer, mujer, te quiero cercado por las balas,
ansiado por el plomo.
Sobre los ataúdes feroces en acecho,
sobre los mismos muertos sin remedio y sin fosa,
te quiero, y te quisiera besar con todo el pecho
hasta en el polvo, esposa.
Cuando junto a los campos de combate te piensa
mi frente, que no enfría ni aplaca tu figura,
te acercas hacia mí como una boca inmensa
de hambrienta dentadura.
Escríbeme a la lucha, siénteme en la trinchera;
aquí con el fusil tu nombre evoco y fijo,
y defiendo tu vientre de pobre que me espera,
y defiendo tu hijo.
Nacerá nuestro hijo con el puño cerrado,
envuelto en un clamor de victoria y guitarras,
y dejaré a tu puerta mi vida de soldado
sin colmillos ni garras.
Es preciso matar para seguir viviendo.
Un día iré a la sombra de tu pelo lejano,
y dormiré en la sábana de almidón y de estruendo
cosida por tu mano.
Tus piernas implacables al parto van derechas,
y tu implacable boca de labios indomables,
y ante mi soledad de explosiones y brechas
recorres un camino de besos implacables.
Para el hijo será la paz que estoy forjando.
Y al fin en un océano de irremediables huesos
tu corazón y el mío naufragarán, quedando
una mujer y un hombre gastados por los besos.
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